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Exhibitions
Artists
Month
Year
38
Demasías de la memoria
Mayo
2018
 

Sala 1 / Secuencia para Madre e Hija, 2017. Videoinstalación en cuatro canales.
Corner / Paper Memory, 2017. Instalación.
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(Créditos)
Fotografías: Albano García / A Score for Mother and Child formó parte de la exhibición Imprinted MATER (2017), una producción de Looiersgracht 60, Ámsterdam. Cámara y fotografía: Behnam Bornak / Workshop y coreografía: Marjolein Vogels / Performances de danza: Valentina Nelissen and Tosca Zabalza Beñaran / Acompañamiento musical en vivo: Gino Bombrini / Edición: Aimée Zito Lema and Margaux Parillaud / Voz en off: Alessia Bergmeijer / Mezcla de sonido final: Lucas Page / Texto: fragmento de un ensayo de Horacio Gonzalez
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(Texto de sala)

Las huellas de las Madres: un modo de habitar lo político

¿Cómo creer en otra vida posible cuando una ética de la muerte asedia cada ámbito de nuestra existencia? ¿De dónde extraer una fuerza capaz de interrumpir la inercia cruel del mundo? ¿Cómo componer con otros, distintos y aliados, un nuevo estar en común?
Conocer la obra de Aimée Zito Lema abre un espacio difícil y a la vez necesario. Un espacio en los lenguajes -fundante a todo lenguaje- que incita la posibilidad de producir (y desolvidar) una sabiduría política subversiva en un tiempo como el nuestro, en el que la pregunta misma por lo político -¿Cómo es posible vivir juntos?- se encuentra obturada por una racionalidad patriarcal, desensualizante, indiferente al dolor de los otros.
Por ello, abrirse a las imágenes y texturas de la obra de Zito Lema supone un desafío. Desacomodar la inercia-mundo en la que estamos sumergidos y conectar con una respiración diferente, que reavive en lo más arcaico de nuestro cuerpo la persistencia de una huella: los perfumes, los sonidos, las caricias de los primeros cuidados que se asientan en un fondo impensable que, por serlo, resulta decisivo en la configuración de nuestro lugar adulto frente a los otros y frente a la historia.
El Arte no cambia el mundo, pero puede producir un saber poético subversivo sobre el mundo, que logre conmover el lugar más propio de cada uno de nosotros. Por esa razón, en el arte de Zito Lema late una sospecha. La fuente de toda fortaleza capaz de enfrentar el Terror de un poder que nos domina, supone atravesar la paradoja de asumir la propia fragilidad: actualizar las primeras huellas de afecto que nos hicieron vivir. Pero al encontrarnos en ese muelle tibio de caricias, imágenes, olores que impregnan nuestro cuerpo afectivo, nos damos cuenta de que allí se aloja una incomodidad que nos interroga. Un fantasma que nos confronta con un origen personal olvidado. Un debate crucial en lo más hondo de nosotros mismos: ¿qué hicimos con aquellas primeras huellas de afecto que nos dieron la vida?
El acceso de la criatura humana a la cultura se impone bajo la forma de un conflicto cuyo desenlace determinará la primera materia sintiente desde donde elaborar las posiciones adultas frente a la historia. En otras palabras, los desgarramientos sociales entre dominadores y dominados se prolongan y se elaboran, dramáticamente, al interior de cada individuo en un tránsito que nace de su infancia más temprana y se dirime en aquel primer territorio que es el afecto materno. Un drama entre los límites que impone una autoridad represora y aquel plus de afecto excesivo, necesario para vivir. Allí se abre un espacio-tiempo, una memoria corporal insondable para el propio lenguaje. Es decir, en lo impensable de cada conciencia se asienta la elaboración de este drama, de este conflicto entre la afectividad excesiva de los primeros cuidados y los límites sociales que nos impusieron, constituyéndonos a través de ellos.

Los modos de vida adulta que sueñan una vida sin conflicto, sin luchas, sin historia, actualizan una opción primera de aquel drama: la complicidad plena con la lengua racional, fría y paterna. El no querer enfrentar los conflictos históricos adultos se abre como realidad posible en el tránsito de una infancia que elije y se fija, sin tensionar, en esa opción primera. La negación de toda empatía con un otro diferente se asienta en la cerrazón sensible que implica negar estas huellas femeninas. Por ello, la complicidad con el capitalismo tiene sus beneficios, no hay angustia, no hay dudas, no hay dolor. Pero tiene su precio: matar lo que cada uno lleva de afecto materno, como condición del cierre sobre la propia salvación individual. Por eso, el primer femicidio lo cometemos nosotros, contra nosotros: eliminar toda afectividad primaria para salvarnos del castigo.
Como contraste, las opciones de vida de Aimée Zito Lema en la elaboración tensionada de su memoria personal, se confunden con su propia apuesta artística: alimentar la memoria sensible del cuerpo y defenderla, para hacer de ella un deseo adulto, una co-herencia que fluye, que vibra con el cuerpo de otro distinto y es capaz de acogerlo. No podremos cuidar a un otro diferente, ni componer de otro modo un estar en común frente a la agresividad del capital si no conectamos con la ternura (y con nuestra propia ternura). Aimée Zito Lema hace de su propia historia afectiva la materia prima de un deseo artístico adulto fundido en la memoria de un combate: enfrentar el terrorismo de Estado. En esta memoria las Madres de Plaza de Mayo son la fibra de un cuerpo anterior a todo cuerpo pero constitutivo de él.
La artista utiliza imágenes del Archivo General de la Nación como punto de partida para una serie de obras (de las cuales dos son presentadas en esta exposición) en las que reelabora la figura de las Madres. Imágenes que persisten, reverberan, como una huella insumisa que se extiende tocando el nervio de nuevas desobediencias, luchas y creaciones. La evocación de sus imágenes ausentes, pero presentes en una nueva materialidad fundida, nace como la contrafigura de la imagen materna que los militares argentinos tenían en sus cuarteles: la imagen de la Vírgen María. Una Madre fría, sin materia, distante, que concibe sin pecado y por lo tanto sin placer alguno. La Madre virgen constituye el símbolo de la tecnología de dominio más eficaz del Occidente cristiano y capitalista, porque ha sabido transmutar el suelo sensible materno y desviar su fuerza.
Pero las Madres de Plaza de Mayo reabren una mitología diferente, que se contrapone a aquel fetiche femenino -casto, sin deseos- en el que se apoyaban los militares genocidas y sus cómplices. Han osado volver a engendrar a sus hijos asesinados, desafiando los límites del terror. Por eso el poder de las Madres no es sólo un poder simbólico, es un poder que viene de más abajo: un suelo de capas de memorias (sociales, personales y familiares) que sedimentan y se activan en la imagen de un cuerpo vivo capaz de enfrentar la amenaza de muerte y derrotarla. Una potencia extendida y difuminada en la obra de Zito Lema, bajo una textura, un color, una imagen ausente, que vuelve a abrir en cada uno de nosotros el espacio de una sensibilidad dormida.
¿Qué haremos, ahora, con las huellas más hondas de aquel exceso amoroso?
¿Qué haremos, ahora, con nuestra ternura?


Texto: Ignacio Veliz

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Demasías de la memoria
Aimee Zito Lema
Mayo 2018

Sala 1 / Secuencia para Madre e Hija, 2017. Videoinstalación en cuatro canales.
Corner / Paper Memory, 2017. Instalación.
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(Créditos)
Fotografías: Albano García / A Score for Mother and Child formó parte de la exhibición Imprinted MATER (2017), una producción de Looiersgracht 60, Ámsterdam. Cámara y fotografía: Behnam Bornak / Workshop y coreografía: Marjolein Vogels / Performances de danza: Valentina Nelissen and Tosca Zabalza Beñaran / Acompañamiento musical en vivo: Gino Bombrini / Edición: Aimée Zito Lema and Margaux Parillaud / Voz en off: Alessia Bergmeijer / Mezcla de sonido final: Lucas Page / Texto: fragmento de un ensayo de Horacio Gonzalez
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(Texto de sala)

Las huellas de las Madres: un modo de habitar lo político

¿Cómo creer en otra vida posible cuando una ética de la muerte asedia cada ámbito de nuestra existencia? ¿De dónde extraer una fuerza capaz de interrumpir la inercia cruel del mundo? ¿Cómo componer con otros, distintos y aliados, un nuevo estar en común?
Conocer la obra de Aimée Zito Lema abre un espacio difícil y a la vez necesario. Un espacio en los lenguajes -fundante a todo lenguaje- que incita la posibilidad de producir (y desolvidar) una sabiduría política subversiva en un tiempo como el nuestro, en el que la pregunta misma por lo político -¿Cómo es posible vivir juntos?- se encuentra obturada por una racionalidad patriarcal, desensualizante, indiferente al dolor de los otros.
Por ello, abrirse a las imágenes y texturas de la obra de Zito Lema supone un desafío. Desacomodar la inercia-mundo en la que estamos sumergidos y conectar con una respiración diferente, que reavive en lo más arcaico de nuestro cuerpo la persistencia de una huella: los perfumes, los sonidos, las caricias de los primeros cuidados que se asientan en un fondo impensable que, por serlo, resulta decisivo en la configuración de nuestro lugar adulto frente a los otros y frente a la historia.
El Arte no cambia el mundo, pero puede producir un saber poético subversivo sobre el mundo, que logre conmover el lugar más propio de cada uno de nosotros. Por esa razón, en el arte de Zito Lema late una sospecha. La fuente de toda fortaleza capaz de enfrentar el Terror de un poder que nos domina, supone atravesar la paradoja de asumir la propia fragilidad: actualizar las primeras huellas de afecto que nos hicieron vivir. Pero al encontrarnos en ese muelle tibio de caricias, imágenes, olores que impregnan nuestro cuerpo afectivo, nos damos cuenta de que allí se aloja una incomodidad que nos interroga. Un fantasma que nos confronta con un origen personal olvidado. Un debate crucial en lo más hondo de nosotros mismos: ¿qué hicimos con aquellas primeras huellas de afecto que nos dieron la vida?
El acceso de la criatura humana a la cultura se impone bajo la forma de un conflicto cuyo desenlace determinará la primera materia sintiente desde donde elaborar las posiciones adultas frente a la historia. En otras palabras, los desgarramientos sociales entre dominadores y dominados se prolongan y se elaboran, dramáticamente, al interior de cada individuo en un tránsito que nace de su infancia más temprana y se dirime en aquel primer territorio que es el afecto materno. Un drama entre los límites que impone una autoridad represora y aquel plus de afecto excesivo, necesario para vivir. Allí se abre un espacio-tiempo, una memoria corporal insondable para el propio lenguaje. Es decir, en lo impensable de cada conciencia se asienta la elaboración de este drama, de este conflicto entre la afectividad excesiva de los primeros cuidados y los límites sociales que nos impusieron, constituyéndonos a través de ellos.

Los modos de vida adulta que sueñan una vida sin conflicto, sin luchas, sin historia, actualizan una opción primera de aquel drama: la complicidad plena con la lengua racional, fría y paterna. El no querer enfrentar los conflictos históricos adultos se abre como realidad posible en el tránsito de una infancia que elije y se fija, sin tensionar, en esa opción primera. La negación de toda empatía con un otro diferente se asienta en la cerrazón sensible que implica negar estas huellas femeninas. Por ello, la complicidad con el capitalismo tiene sus beneficios, no hay angustia, no hay dudas, no hay dolor. Pero tiene su precio: matar lo que cada uno lleva de afecto materno, como condición del cierre sobre la propia salvación individual. Por eso, el primer femicidio lo cometemos nosotros, contra nosotros: eliminar toda afectividad primaria para salvarnos del castigo.
Como contraste, las opciones de vida de Aimée Zito Lema en la elaboración tensionada de su memoria personal, se confunden con su propia apuesta artística: alimentar la memoria sensible del cuerpo y defenderla, para hacer de ella un deseo adulto, una co-herencia que fluye, que vibra con el cuerpo de otro distinto y es capaz de acogerlo. No podremos cuidar a un otro diferente, ni componer de otro modo un estar en común frente a la agresividad del capital si no conectamos con la ternura (y con nuestra propia ternura). Aimée Zito Lema hace de su propia historia afectiva la materia prima de un deseo artístico adulto fundido en la memoria de un combate: enfrentar el terrorismo de Estado. En esta memoria las Madres de Plaza de Mayo son la fibra de un cuerpo anterior a todo cuerpo pero constitutivo de él.
La artista utiliza imágenes del Archivo General de la Nación como punto de partida para una serie de obras (de las cuales dos son presentadas en esta exposición) en las que reelabora la figura de las Madres. Imágenes que persisten, reverberan, como una huella insumisa que se extiende tocando el nervio de nuevas desobediencias, luchas y creaciones. La evocación de sus imágenes ausentes, pero presentes en una nueva materialidad fundida, nace como la contrafigura de la imagen materna que los militares argentinos tenían en sus cuarteles: la imagen de la Vírgen María. Una Madre fría, sin materia, distante, que concibe sin pecado y por lo tanto sin placer alguno. La Madre virgen constituye el símbolo de la tecnología de dominio más eficaz del Occidente cristiano y capitalista, porque ha sabido transmutar el suelo sensible materno y desviar su fuerza.
Pero las Madres de Plaza de Mayo reabren una mitología diferente, que se contrapone a aquel fetiche femenino -casto, sin deseos- en el que se apoyaban los militares genocidas y sus cómplices. Han osado volver a engendrar a sus hijos asesinados, desafiando los límites del terror. Por eso el poder de las Madres no es sólo un poder simbólico, es un poder que viene de más abajo: un suelo de capas de memorias (sociales, personales y familiares) que sedimentan y se activan en la imagen de un cuerpo vivo capaz de enfrentar la amenaza de muerte y derrotarla. Una potencia extendida y difuminada en la obra de Zito Lema, bajo una textura, un color, una imagen ausente, que vuelve a abrir en cada uno de nosotros el espacio de una sensibilidad dormida.
¿Qué haremos, ahora, con las huellas más hondas de aquel exceso amoroso?
¿Qué haremos, ahora, con nuestra ternura?


Texto: Ignacio Veliz